En la Ciudad de México, caminar es un acto de resistencia. Aquí, los peatones se detienen en las esquinas y voltean a ambos lados antes de cruzar la calle, aunque esta sea de un solo sentido; los que “ceden” el paso a los vehículos automotores, los que agradecen cuando les dan unos segundos para cruzar y corren para no retrasar al vehículo. Estas conductas refuerzan la idea que de la ciudad es para los automóviles, que de ellos es el espacio y los peatones son relegados a espacios y tiempos que dejen libres los vehículos motores. La ciudad se ha transformado para los autos y los conductores actúan como si fueran los amos del espacio público.
La forma en que nos movemos en la ciudad no es casualidad, es el resultado de décadas de planificación urbana, políticas de movilidad y normas de convivencia que han favorecido a un actor por encima de los demás: el automóvil. Hoy, los peatones y usuarios de movilidad alterna sobreviven en un entorno hostil en el cual, las calles han sido entregadas a máquinas de 1.5 toneladas, cuyos conductores pueden matar en un descuido.
Históricamente las ciudades fueron concebidas para la gente. Calles, plazas y parques eran espacios de convivencia y reunión. Sin embargo, el auge del automóvil en el siglo XX transformó el diseño de estas. Avenidas más anchas, pasos a desnivel, distribuidores viales, estacionamientos en detrimento de banquetas, camellones, ciclovías, e incluso ríos, se volvieron lo habitual en medio de la urbanización.
En la Ciudad de México es evidente: según datos de la Encuesta Origen-Destino en Hogares de la Zona Metropolitana del Valle de México 2017, realizada por el INEGI, los viajes en transporte privado 3.17 millones de personas realizaron viajes en auto o motocicleta, 20.3% de personas se movilizaron de esta manera; en comparación, 51.0% de las personas usó el transporte público y 65.9% caminó. A pesar de esto, los espacios para personas que caminan o usan transporte público o bicicletas es angosto, lleno de obstáculos o inexistente, enfrentando intersecciones peligrosas, puentes antipeatonales y siendo blanco de constantes amenazas de agresión e incluso de muerte. Mientras tanto, los conductores de autos tienen avenidas de hasta cinco carriles, segundos pisos y la posibilidad de ignorar el reglamento de tránsito y ser acreedores de decenas de multas y, aún así, seguir circulando con total impunidad envalentonados por la indiferencia, falta de voluntad y la complicidad de las autoridades, que prefieren mirar hacia otro lado en lugar de hacer cumplir la ley.
Las políticas públicas han reforzado esta desigualdad. Millones de pesos han sido invertidos en infraestructura vial para autos, mientras que las mejores en transporte público, caminos peatonales y ciclovías han sido marginales. Las pocas iniciativas que promueven la redistribución del espacio público con ampliación de banquetas o ciclovías emergentes enfrentan resistencia de los automovilistas quienes consideran que les “quitan” algo que les pertenece.
Las calles no pueden seguir siendo territorios exclusivos del automóvil, cuyos conductores hacen lo que les plazca priorizando su “llegar temprano” antes de la convivencia y seguridad de todos los usuarios. La prioridad de todas las personas y gobiernos debe ser garantizar la seguridad y el derecho a la ciudad de quienes caminan, usan transporte público o la bicicleta. La redistribución del espacio no es una batalla contra los automovilistas, sino un acto de justicia para todas las personas que día a día sufren condiciones adversas y peligrosas de movilidad. No solo es infraestructura, también un cambio de cultura vial que no solape a los que violan las normas ve tránsito y normalizan la violencia vial.