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Babbo: el inicio de un vínculo especial. Final

Una parte fundamental de compartir la vida con un ser vivo es reconocer que tiene necesidades propias y que, al comprenderlas, se facilita una mejor relación y convivencia. Esto me llevó a leer, ver, escuchar y preguntar sobre las mejores prácticas para convivir con un peludo. Por supuesto, entre la gran cantidad de información disponible, alguna me resultó útil, otra no encajaba en mis consideraciones, y otra simplemente no me sirvió.

Uno de los aspectos más importantes fue la educación. Babbo vive dentro de mi casa y, por supuesto, no quería que hiciera sus necesidades fisiológicas en el interior. Durante sus primeros meses conmigo, seguí la recomendación más común y simple: enseñarlo. Suena sencillo, pero es un proceso complejo. Al principio, utilicé pañales especiales para perros y, tras algunos días, logró usarlos correctamente. ¿Cómo? Después de que comiera o bebiera agua, estaba pendiente de él; en cuanto mostraba señales de querer hacer sus necesidades, lo llevaba hasta el pañal para que asociara el lugar. Luego, repetí el mismo proceso, pero ahora llevándolo al patio. En pocos días, aprendió. Ahora, cuando quiere salir, se queda frente a la puerta esperando a que la abra.

Babbo duerme en mi habitación y nunca ha hecho sus necesidades dentro, ni siquiera cuando era cachorro. Desde pequeño, lo acostumbré a reconocer su cama como su espacio para dormir y descansar. Eso no significa que nunca se suba a la mía, pero siempre lo bajo antes de dormir. Como resultado, aunque ocasionalmente se suba, nunca se queda mucho tiempo y prefiere su cama.

Para educarlo, opté por hablarle y buscar que me comprendiera. Hasta hoy, creo que él me entiende más de lo que yo a él. Identifico sus conductas y expresiones para interpretar lo que quiere o necesita. Solo en contadas ocasiones usé premios para reforzar su aprendizaje; en general, simplemente asimiló lo que le enseñaba. Por supuesto, le doy premios, pero más bien como un gesto especial o simplemente por existir.

Describir la compañía de Babbo es fácil y complejo a la vez. Compartir la vida con un ser vivo que se comunica de forma distinta me ha obligado a ser más asertivo y a entender que, aunque su naturaleza es diferente, sus necesidades son similares a las de cualquier ser vivo: alimento, descanso, respeto, afecto y compañía.

Uno de los mayores retos que tuve fue que aprendiera a estar solo en casa sin causar destrozos. Para ello, lo fui acostumbrando poco a poco: primero lo dejaba solo unos minutos y aumentaba el tiempo progresivamente, después de haberlo paseado y pasado tiempo con él, evitando así que desarrollara ansiedad. También era importante para mí que pudiera estar en espacios públicos (restaurantes, cafeterías, etc.) sin comportarse de manera alterada, sin morder ni ser agresivo, y que aprendiera a mantenerse tranquilo ante el bullicio de la gente. Lo logramos. Antes de ir a cualquier lugar, siempre damos un paseo, permitiéndole explorar a su ritmo. Cualquiera que tenga un peludo entenderá que necesitan oler hasta el último rincón por el que pasan, lo que significa invertir tiempo para que lo haga tranquilamente y no con prisas.

Un desafío inicial para pasear fue el uso del arnés y la correa. La primera vez que se los coloqué, simplemente se negó a caminar; parecía un globo desinflado arrastrado por el suelo. Me frustré y pensé: “¿Derrotado por un cachorro de cuatro meses?”. Consulté a varias personas y todos coincidieron en que debía tener paciencia. Me sugirieron usar premios para motivarlo y, tras dos días, ¡voilà!, comenzó a caminar con el arnés con gran elegancia. Mi primera reacción fue: “No me voy a detener jamás”. Desde entonces, nunca tuvimos problemas con los paseos y el arnés.

Hoy, Babbo camina generalmente sin correa y atiende mi voz y mi ritmo. Si le pido que vaya más despacio o que me espere, lo hace. Aunque se adelante, siempre voltea para ver dónde estoy. Además, aprendió a manejar los encuentros con otros perros. Muchas veces, cuando nos cruzamos con otros animales, estos reaccionan de forma agitada o agresiva. Para evitar problemas, le enseñé a sentarse y esperar, tanto para que pase el perro en cuestión o para poner la correa sin tensarla. Aunado a que siempre estoy atento al camino que recorremos, para intervenir en cualquier momento.

Algunas personas me consideran exagerado porque no dejo que otros perros se acerquen a él. Pero no lo permito cuando veo que son perros ansiosos o que se acercan de manera brusca, mientras sus dueños, con una sonrisa palurda, dicen: “No hace nada, solo quiere jugar”.

Uno de mis mayores logros con Babbo es que, desde el principio, lo quise como compañero para correr y subir cerros. Cuando completó su esquema de vacunas, empezamos a ir al Cerro del Muerto, en Aguascalientes, un lugar muy popular para hacer ejercicio. Al principio le costaba, pero se notaba que lo disfrutaba y que cada subida representaba un reto. Hoy, aunque sigue siendo pequeño, es capaz de subir con mínima ayuda.

Hemos pasado por dos incidentes que nos pusieron en peligro. En una ocasión, paseábamos al atardecer cuando, de repente, un ciclista se nos acercó de manera abrupta. Iba distraído, con los audífonos puestos, y en un segundo intentó quitarme el celular y lo que traía. Por instinto, le grité a Babbo: “¡Corre, Babbo, corre!” y salimos corriendo hacia una avenida transitada. Afortunadamente, todo quedó en un susto.

En otra ocasión, un perro de talla mediana se nos acercó agresivamente. Cuando eso ocurre, Babbo sabe que debe ponerse detrás de mí y quedarse tranquilo. Intenté alejar al perro, pero no tuve éxito y terminé con una mordida en la parte superior del tobillo. Babbo reaccionó ladrando, pero el agresor simplemente se marchó satisfecho tras haberme mordido. Me quedó una marca y tuve que aplicarme una inyección preventiva. Ese día, Babbo se mantuvo muy cerca de mí, como si entendiera que algo había pasado y quisiera protegerme.

No terminaría nunca de contar los momentos especiales, anécdotas y situaciones que hemos vivido juntos. Babbo me cuida y me protege a su manera. No es muy expresivo, pero sabe cuándo acercarse y darme su cariño. Siempre agradeceré que tenga la libertad de hacer las cosas, sin imposiciones. Sentir su respeto y su cariño me confirma que ambos estamos viviendo y disfrutando la vida juntos.

Algunas personas dirán que es un cómplice consentido, pero para mí es un compañero de vida. Solo espero que podamos seguir compartiendo muchos momentos más, y que el tiempo me siga demostrando que tomamos la mejor decisión al elegirnos para compartir la vida.

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