12/05/2025
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Nada (I)

A veces, una idea asoma de manera discreta, casi tímida, y me guiña. El guiño, debido a mi predisposición a no enterarme de nada, pasa casi siempre inadvertido. La idea insiste; teje situaciones inverosímiles para volver a encontrarnos: me saluda a la entrada de un bar, refugiada en la letra de una canción; aparece con confianza a la mitad de una conversación en la que nadie hubiera pronosticado que se sentiría tan cómoda; surge en una discusión sobre cómo se dice tal o se debe decir cuál.

Así, de a poco, el guiño repetido hace su magia. Me sonroja. Y la idea ocupa más momentos, más lugares. Títulos de libros; frases en una película; escenas de mi infancia. La he notado, y me gusta. Es atractiva, y lo sabe. Se abre camino con naturalidad, me toma del brazo y me acompaña obstinada; hoy quizá se ha pintado los labios, o será que trae delineador, quizá es un perfume que antes no había usado. Y pienso en ella, cada vez más.

La nada me sonrió coqueta por primera vez, probablemente, durante un viaje por una escalera. Exagero, no era un viaje, simplemente alguien subía la escalera y yo subía detrás. Corrijo, la nada me sonrió coqueta mientras subía la escalera. La otra persona (cuya identidad se ha reducido a su participación como interlocutora en este recuerdo) dijo algo como: “No puedes decir ‘no hay nada, eso está mal’, se debe decir ‘hay nada’”. Ése fue el primer guiño de la nada así que, congruente con mis predisposiciones, no hice mucho caso.

No fue la nada lo que llamó mi atención sino el desplante de policía de la lengua de quien hablaba acerca de ella. Esgrimí: “Nadie dice ‘hay nada’”, la riposte fue “Todos deberían decirlo así”, mi remise: “Y, sin embargo, nadie dice eso”. Terminamos en un disengage poco satisfactorio.

No obstante, la nada, y su incomodísimo lugar entre nuestros sustantivos, perseveró con paciencia y decisión. Me habló bonito y comencé a pensar en ella. El juego del interlocutor, muy formalista y perspicaz, pretende reducir la lengua a una suerte de estructura de superficie que no sería nada más que manifestación de una estructura de fondo de carácter puramente argumental: no hablamos más que en imperfecta lógica formal. “Si dices que no hay nada, estás negando que haya nada, por lo tanto, afirmas que hay algo, así que debes quitar el no”. Bien, pero nadie dice “hay nada” y eso debería bastar.

Como no basta, y como la nada me sonreía ya mirándome fijamente a los ojos: La nada no tiene referente, así que nombrarla es ya una extravagancia; no significa pues su significado no es, no está, no existe. La palabra es un signo hecho de puro significante. Esto la dota (a la palabra, que no a la nada, pues la nada, ni dones tiene, ni nada) de un carácter muy peculiar. Nos obliga a entrar en un bucle del tipo: “si hay, para que haya, algo debe haber, y si lo que hay es la nada, entonces el acto de haber no ocurre, por lo tanto, no hay, pero si no hay y decimos que no hay todo o que no hay algo, ninguna de las dos nos remite a la nada”.  Así que los hablantes, siempre sabios, han concluido: niega el “haber” pues lo cierto es que “no hay” y niega lo habido, o sea, di “nada” y así, con peto y careta, lo han resuelto, y “No hay nada” está bien dicho (y lo estará hasta que los hablantes decidan otra cosa).

Así, a través de su nombre, la nada pasó de ignorada y de no importarme nada, a ocupar algunos fragmentos diarios de mi tiempo y atención. La idea de la nada resultó, pues, más inteligente, seductora y hermosa de lo que me había parecido cuando, un día, mientras subía una escalera, me guiñó por primera vez.

Ella dice que no fue entonces la primera vez. Me ha pedido que recuerde, pues hace años había ya flirteado conmigo, mientras leía una novela que parecía no tener fin.

Continuará…

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