Decidir poner un negocio no es algo que sea a la ligera. Unja persona que ha decidió hacerlo, piensa más de lo que parece: si ponerlo en la entrada de la casa o en la esquina, si vender café o tacos, si va a alcanzar para surtir toda la semana o sólo para dos días. En medio de ese cálculo, entre el instinto y la necesidad, hay datos. Muchos más de los que imaginamos.
Aunque no siempre lo sepamos, cuando alguien decide abrir un negocio está haciendo estadística empírica: vio que la tiendita de la cuadra cerró, que ahora pasa más gente por su calle, que los niños salen de la secundaria a las dos y llegan con hambre. Es observación, comparación, tendencia. Es saber que en la última lluvia se fue la luz y los vecinos querían velas. Es identificar patrones, aunque nadie los llame así.
Los datos cotidianos se cruzan con los oficiales: el censo dice cuántas personas viven ahí, la encuesta de ingreso muestra que la mitad gana menos de lo que necesita, la inflación avisa que el limón subió otra vez. Y aunque no se consulten directamente, están detrás de cada decisión: qué se compra, cuánto se invierte, en qué barrio sí se vende y en cuál ya no.
Hay quien cree que la estadística es cosa de escritorio, de gráficos bonitos y presentaciones. Pero está en el puesto que abre a las 6:00 am porque sabe que ahí hay venta. En la mujer que reparte volantes sólo en viernes porque ya entendió que ese día hay quincena. En el señor que decidió poner su local frente al kínder, porque el tráfico peatonal no falla.
La apropiación social del dato empieza ahí: cuando las cifras oficiales se cruzan con la experiencia personal y se convierten en decisiones. Cuando los números no sólo sirven para hacer diagnósticos gubernamentales, sino para sobrevivir, para emprender, para mejorar un poco la vida cotidiana. Poner un changarro puede parecer un acto mínimo. Pero es también un ejercicio profundo de interpretación del entorno. Un ejercicio político. Porque cada pequeño negocio que se abre es una afirmación de que aquí se vive, se necesita y se intenta.
Y cada vez que el dato acompaña esa decisión, el derecho a la información se vuelve un derecho a decidir mejor. Ahí radica la necesidad de contar con un instituto de estadística que recoja y recopile la información. Que esta sea de la mayor calidad y confianza estadística para que sea un reflejo de la realidad. De ahí la importancia de reclamar la información como ciudadanos, aunque parezca compleja, nos corresponde usarla y tenerla disponible. Por un lado es fundamental que las personas conozcamos, usemos y exijamos la información y, por el otro, que los datos estén a la mano, de manera clara y con guías para saber cómo interpretarla y usarla.