21/07/2025
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¿Quién teme a los datos?

Vivimos rodeados de números. Abren noticieros, protagonizan conferencias de prensa y llenan los dashboards institucionales. Se usan los datos para resaltar avances o retrocesos. Números para llamar la atención, pero no todo dato informa. Algunos, incluso, confunden. Especialmente cuando se trata de temas sensibles y polémicos como la seguridad. ¿Cuántas personas fueron víctimas? ¿Cuántas se sienten inseguras? ¿Por qué esas cifras no coinciden?

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2024 del INEGI estima que 23 323 personas por cada 100 mil habitantes fueron víctimas de al menos un delito. Es un número frío, técnico, producido bajo criterios estadísticos rigurosos. Al preguntar sobre cómo se sienten las personas, 73.6% declara sentirse insegura en su entidad federativa. Tres de cada cuatro mexicanas y mexicanos sienten miedo, aunque solo uno de cada cuatro fue víctima. ¿Quién tiene razón?

La brecha entre victimización y percepción es una de las tensiones más persistentes en el análisis de seguridad. Mientras la prevalencia delictiva muestra cierta estabilidad o incluso disminuciones en algunos estados, la percepción de inseguridad suele mantenerse alta o aumentar. Este desfase ha sido documentado durante años, pero poco discutido con honestidad. ¿Por qué seguimos sintiéndonos tan inseguros si los delitos bajan? ¿Es desinformación, ruido mediático, polarización política… o algo más profundo?

Una posible respuesta está en la naturaleza misma del dato. Los datos de victimización capturan lo que ya ocurrió: delitos cometidos, denunciados o no, estimados con base en encuestas probabilísticas. En cambio, la percepción es subjetiva, se nutre de experiencias indirectas, rumores, imágenes y narrativas que habitan el espacio público. Una persona puede no haber sido víctima de ningún delito, pero escuchar cada día historias de asaltos, feminicidios o desapariciones. Y ese clima emocional también es una forma de vivir la inseguridad.

Lo que debería generar reflexión, suele usarse para evadirla. La política de seguridad en México ha convertido los datos en armas de batalla. Si los delitos bajan, se celebra. Si la percepción de inseguridad sube, se minimiza o se le atribuye a “los medios”, “los adversarios” o “el sesgo de la gente”. En lugar de reconocer que ambos indicadores son relevantes, se opta por instrumentalizar la cifra que conviene al momento político.

No es casual. El discurso público se ha vuelto adicto a los números. Las cifras se invocan como verdad indiscutible, como cierre automático de debate. Frases como “los datos no mienten”, “los números son claros” o “según los datos” se han vuelto lugar común en política, medios e incluso conversaciones cotidianas. Se parte del supuesto de que el número tiene la última palabra; sin embargo, los números, en realidad, no hablan: los interpretamos.

Y ahí está el problema. No todo dato es útil, ni todo número es neutral. Detrás de cada cifra hay decisiones metodológicas, criterios técnicos y límites de medición. Hay cosas que no se preguntan, sectores que no se capturan, realidades que quedan fuera del margen de error. Y, sobre todo, hay decisiones políticas sobre qué se mide, cómo se comunica y a quién se dirige el mensaje.

Por eso es incómodo hablar de percepción. Porque, a diferencia de la cifra dura, lo percibido es difícil de controlar. No se puede contradecir con un gráfico. Si la gente tiene miedo, ese miedo es real, aunque el número no lo respalde. Y si la cifra parece positiva pero nadie lo siente así, entonces quizá el dato no basta. No explica. No garantiza que nos sintamos seguros.

Y no se trata de despreciar el dato. Se trata de entenderlo como lo que es: una herramienta de análisis, no una absolución. Los datos deben servir para dialogar con la realidad, no para maquillarla. Usar los datos para callar, deslegitimar o ganar puntos políticos es una forma de empobrecer la conversación pública. Hay algo que los datos no hacen: no incomodan. Solo lo hace quien los interpreta con honestidad.

Tal vez, más que preguntarnos cuántos delitos hay, conviene preguntarnos qué tipo de seguridad queremos. ¿Una que baja la incidencia a costa de la militarización? ¿Una que presume cifras pero no garantiza justicia? ¿Una que ignora el miedo porque “no está en los datos”? En tiempos donde todo se mide, lo que no se cuenta también importa. 

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