La semana pasada durante una agradable caminata vespertina por las calles del centro de nuestra ciudad, pude observar cómo personas, ciclistas, automovilistas, repartidores y vendedores ambulantes de forma general, hacen sus actividades de forma que solo se preocupan por ellos. Tal parece, que la mayoría vamos por la vida, buscando estar lo más cómodos posible sin importarnos los demás. Lo curioso, esta que cuando cambiando de rol nos enojamos cuando percibimos que los otros no respetan.
Las personas que caminan —solas o acompañadas— lo hacen a su ritmo, sin importar si obstruyen el paso. Si van en pareja y con carreola, asumen que todos deben hacerse a un lado, como si la calle les perteneciera. Lo más desconcertante es que, cuando alguien les pide amablemente que cedan el paso, reaccionan con molestia, como si el hecho de llevar una carreola les otorgara un derecho exclusivo sobre el espacio público y los demás tuvieran la obligación de adaptarse.
Un espacio especialmente revelador del comportamiento cambiante de las personas son los estacionamientos. Al intentar acceder a ellos —sobre todo cuando hay fila para entrar— los automovilistas enfrentan dificultades porque, al mismo tiempo, hay peatones saliendo del lugar. Desde luego, habría que pensar en accesos peatonales dignos y seguros que eviten esta dinámica de tener que esquivar vehículos. Sin embargo, muchas personas cruzan sin precaución, confiando en que los autos se detendrán, incluso si se atraviesan de forma imprudente. Esto no solo pone en riesgo su integridad, sino que también contribuye al caos vial y al enojo de los conductores.
Lo irónico es que muchos automovilistas, mientras esperan, se quejan: “¡Si me dejaran entrar, ellos podrían salir más rápido!”. Pero cuando esos mismos conductores se convierten en peatones, adoptan exactamente la misma actitud de la que se quejaban: se cruzan sin mirar, actúan como si los coches debieran detenerse por inercia y como si todo el espacio les perteneciera.
Otra conducta que me hace flipar es la de quienes creen que, solo por publicar algo en redes sociales, los demás están obligados a compartirlo. Lo consideran importante simplemente porque lo publicaron ellos. Y lo curioso es que muchas de esas mismas personas no muestran la menor empatía por publicaciones ajenas con el mismo propósito: difusión y apoyo.
He escuchado frases como “no pongo atención en lo que publican”, “no me gusta compartir cualquier cosa” o “mis redes son personales”. Y sí, están en su derecho. Pero joder, sean coherentes. Si tú no compartes lo de los demás, ¿por qué esperas que todos compartan lo tuyo solo porque tú lo consideras relevante? Es más cómodo asumir que lo propio es lo único importante, y cerrar los ojos ante todo lo demás. Esa falta de empatía, carajo, es lo que realmente molesta.
Al final, no podemos olvidar —y mucho menos ignorar— la relación que existe entre el individuo y su entorno social. Cada persona busca, de forma legítima, sentirse segura, cómoda y funcional en su contexto. Y eso está bien, es deseable. Sin embargo, la creciente fragmentación e individualización de la sociedad ha derivado en una atomización de necesidades subjetivas, donde lo propio tiende a imponerse sobre lo colectivo.
Lo ideal, al menos desde mi perspectiva, sería fomentar conductas empáticas que favorezcan una armonía objetiva, donde el respeto por el bien común no sea una excepción, sino parte de nuestra vida cotidiana.