La semana pasada decidí darme una caminata al atardecer por el centro de Aguascalientes. Personalmente, lo considero uno de los lugares más agradables de la ciudad: tranquilo, seguro y perfecto para pasear sin prisa. Además, ofrece una amplia variedad de rincones para todos los antojos, desde un buen café hasta una cena casual.
Después de caminar un rato, se me antojó entrar a un lugar que sirve comida y cerveza “artesanal” —como les llaman ahora—. El sitio comenzó a llenarse poco a poco, con gente de distintas edades. Como suele pasar, las mesas estaban bastante cerca entre sí, así que la privacidad era casi inexistente. Conversaciones cruzadas, risas de fondo, brindis de vasos… ya saben, la banda sonora de un lugar concurrido.
Pedí una cerveza y me senté a disfrutar de mi momento. La verdad es que suelo disfrutar mucho de andar solo: observar, pensar, imaginar historias detrás de cada mesa. Me gusta ser testigo silencioso del ir y venir de la vida.
En eso, llegó un grupo de unas siete personas, de edades que iban de los 7 a los 70 años. Entre el acomodo, las preguntas sobre lo que hay y los saludos armaron el típico alboroto de reunión familiar o de amigos. Lo curioso fue que el volumen de sus conversaciones no bajó en ningún momento; más bien, parecía que no les importaba quién los escuchara. Y yo, sin quererlo, terminé siendo uno de esos oyentes involuntarios.
En un principio, hablaban de lo bonito del lugar, de la carta, de cómo había estado cada uno últimamente. Todo normal. Pero después, dos mujeres, de unos treinta años, empezaron a platicar sobre las vacaciones recientes de una de ellas. Dijo que habían ido a la playa, que no llevaban mucho dinero, y que su pareja no ayudaba mucho al ambiente: no tomaba, no salía, no tenía ganas de nada “porque ya quería portarse bien”. Ella, evidentemente, se había aburrido.
Hasta ahí, todo dentro de lo común: una pareja de vacaciones donde uno no coopera y la otra termina resignada. Pero lo que vino después me sacudió. La mujer contó, como quien habla de cambiar de canal, que cuando las cosas en la relación se ponían aburridas o monótonas, pues lo más sano era “tomarse un tiempo y salir con alguien más”. Así, sin rodeos. ¿Para qué estar con alguien que no suma, que no propone, que solo estorba? Su amiga, entre risas cómplices, le respondió: “Claro, tienes razón. Uno debería poder estar con más personas sin sentirse atada”.
En ese momento decidí que era hora de irme. Caminé de regreso a casa pensando en lo que acababa de escuchar, sin juzgar, pero con muchas preguntas en la cabeza.
Qué difícil —pensé— se ha vuelto tener y mantener una relación. Ya no solo se trata de enamorarse o de compartir gustos. Hoy parece que todo está sujeto a lo que me acomoda, me conviene o me entretiene. Cuando eso cambia, se corta el lazo como si nada. Y al mismo tiempo, hay quien cree que tener pareja significa dejar de esforzarse, como si el compromiso diera permiso de ser indiferente.
Las relaciones, de pareja o de cualquier tipo, parecen cada vez más frágiles. Es como si cada quien hablara un idioma distinto sobre lo que espera del otro. Algunos quieren compartirlo todo, otros solo buscan no estar solos. Algunos quieren libertad, otros estabilidad. Y así, nos vamos cruzando sin encontrarnos del todo.
¿Será que el reto no es tener pareja, sino aprender a estar con alguien sin perderse a uno mismo… ni desaparecer al otro?