01/09/2025
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Entre paleros: la política como espectáculo

Vivimos en un México políticamente polarizado, donde el color del partido en el poder —ya sea federal o local— define no solo la narrativa dominante, sino también el calibre de las críticas. Según el estado en el que uno se encuentre, los comentarios que circulan son metralla verbal disfrazada de análisis, lanzada por quienes se autodenominan “críticos” pero actúan como porristas ideológicos. No importa quién gobierne: cada trinchera tiene su “paladín del análisis”, siempre dispuesto a señalar al adversario, jamás a su propia causa.

En este juego de espejos, el análisis se convierte en espectáculo. La presidenta Claudia Sheinbaum ha bautizado a estos personajes como “comentócratas”: opinadores profesionales sin responsabilidad pública formal, pero con enorme influencia en la conversación política. Opinan de todo —con o sin sustento—, marcando agenda no por su rigor, sino por su capacidad de polarizar.

Pero no sólo hablamos de opinólogos profesionales. En esta comentocracia también participan activamente funcionarios públicos, legisladores, regidores, aspirantes, seguidores fanatizados y hasta supuestos “buscadores de la verdad”, todos unidos por un rasgo común: el oportunismo disfrazado de convicción. Muchos de ellos, por cierto, han brincado de partido en partido no porque hayan madurado políticamente, sino porque el nuevo acomodo les resulta más rentable. El discurso, claro, siempre es patriótico: “me convencieron las mejores propuestas por el bien del país”.

La doble moral es la regla. Se grita “¡censura!” cuando se presenta una iniciativa incómoda en un congreso estatal, pero se guarda un silencio sepulcral cuando el poder central aprueba una ley similar —o incluso peor— a nivel nacional. Quienes ayer defendían la “libertad de expresión”, hoy callan. Y viceversa.

Los defensores de una u otra trinchera no buscan debatir ni construir: buscan likes, retuits, atención. No importa si sus argumentos se sostienen o se caen a pedazos; lo relevante es “hacer ruido”, incomodar, polarizar. En ese ecosistema, la calidad del debate importa menos que el volumen del escándalo.

Lo más preocupante es cuando esta lógica se apodera de quienes sí deberían estar trabajando. Legisladores y regidores con bajísima productividad legislativa dedican más tiempo a opinar que a construir soluciones. Pareciera que su verdadera tribuna no está en el pleno, sino en redes sociales, donde acumulan seguidores, pero no resultados.

A esto se suma el activismo ciego de quienes apoyan acríticamente a sus representantes o gobiernos. Están presentes en cada tuit, cada hilo, cada comentario, repitiendo narrativas oficiales como si fueran propias, y atacando a quienes piensan distinto. Para ellos, disentir es traicionar. Y si no piensas igual, simplemente “no entiendes”, “eres un tibio”, o peor: “un vendido”.

La escena reciente en el Senado lo ejemplifica con claridad. Un altercado bochornoso entre el presidente de la Mesa Directiva y el actual dirigente del PRI evidenció el nivel de la política actual: uno exige respeto, pero olvida su historial; el otro responde con violencia física. Lo verdaderamente lamentable vino después: sus respectivas huestes salieron en su defensa no con argumentos, sino con posturas pusilánimes, justificando lo injustificable y banalizando la gravedad del hecho. La política convertida en montaje y espectáculo.

Este fenómeno no es nuevo, pero sí se ha intensificado. La “comentocracia” se ha consolidado como un modelo de ruido, donde el análisis técnico, la evidencia y el interés público han sido desplazados por la necesidad de posicionar, desgastar o validar discursos. ¿El resultado? Un debate público empobrecido, binario, cerrado.

Frente a eso, los ciudadanos de a pie —los que no cobramos de ningún partido ni buscamos reflectores— solo pedimos algo básico: representantes que legislen pensando en el bien común, activistas que eleven el nivel del debate, y seguidores que ejerzan su derecho a opinar sin convertirse en inquisidores digitales. Que la crítica sea informada y la lealtad no sea servilismo. Porque México no necesita más ruido; necesita ideas, diálogo, y voluntad política real.

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