La semana pasada, mientras enviaba un par de mensajes por esa multiplataforma de mensajería instantánea llamada WhatsApp (sí, esa que todos tenemos abierta las 24 horas), me sorprendí actuando como la mayoría de las personas con las que convivo: sin saludar, sin despedirme y con un retraso injustificable en las respuestas. Aunque trato de mantener mi estilo tradicional —priorizar según la persona, saludar, despedirme y contestar a la brevedad— la realidad es que a veces me contamina esta nueva forma de comunicación en la que contestar parece un lujo… o un favor.
Lo que resulta verdaderamente jodido es que muchas personas traen el celular pegado a la mano como si fuera una extensión de su cuerpo, y aun así, deciden olímpicamente no contestar. Eso sí, cuando ellos escriben, esperan una respuesta inmediata, como si una alerta nacional se activara. Porque claro, si mandaron un mensaje es “por algo” … ¡Ah, pero cuando uno lo hace, hay que esperar a que se alineen los planetas para recibir siquiera un emoji!
Según el “Segundo Estudio Nacional ¿Cómo usan WhatsApp los mexicanos?”, elaborado por Comunicación Política Aplicada, WhatsApp es la segunda red sociodigital más usada en México. El 98% de los usuarios accede desde su smartphone, y el 55% también desde computadora. Lo que significa que el mensaje llega, SE VE, SE LEE… pero no se responde. ¡Vaya eficiencia en la notificación y nula en la cortesía digital!
Nadie niega que la mensajería instantánea ha transformado las relaciones personales para bien: nos permite mantenernos en contacto, compartir información, acortar distancias. Pero, como todo avance, viene con su lado oscuro. Ya no se saluda. Ya no se despide uno. Y, para colmo, ahora mandan audios eternos con la excusa de que “ya nadie habla por teléfono”. ¿Discursos de tres minutos? ¡Eso ya es podcast, no mensaje de voz! Y lo peor: no es exclusivo de los más jóvenes, esta pandemia comunicacional afecta a toda la sociedad.
En una ocasión le comenté a alguien: “Te mandé mensaje y no supe nada de ti”. La respuesta fue una joya: “Es que por mi paz mental tengo desactivadas las notificaciones”. Me quedé sin saber si reírme, eliminarlo de mis contactos o preguntarle: “¿Y mi paz mental qué? ¿Dónde la dejas?”. Porque vivimos en una época donde todos quieren ser escuchados, pero responder… eso ya es opcional, según el humor del día.
Y aunque uno quisiera mandar a más de uno al carajo, respiro, resisto y respondo. Porque sigo creyendo que, si alguien te escribe, es por algo. Aunque, la neta, sí desespera darte cuenta de que responder un simple “hola” o “gracias” cuesta más que pagar impuestos. Bastaría con sincerarse: “No quiero que me escribas”, “Estoy ocupado”, “No tengo ganas de hablar”. Se vale. Lo que no se vale es exigir atención mientras se reparte silencio como si fuera moda.
Los especialistas en comportamiento digital dicen que no debemos tomárnoslo personal, que cada quien tiene su ritmo y su manera de relacionarse con la tecnología. Y está bien, lo entiendo. Pero también entiendo que, a veces, poner límites o simplemente ignorar a quien te ignora, no es ser grosero: es autocuidado.
Así que, si vas a mandar mensaje, hazlo con educación. Y si no vas a contestar, al menos no finjas que no viste el mensaje. Que la tecnología avance, pero que no nos vuelva unos patanes. Y ya que estamos, ¡saluden, carajo!