La semana pasada me llamó la atención —aunque ya no debería sorprendernos— que en redes sociales y medios locales abundan las noticias sobre riñas, esas mismas que dejan daños materiales, lesiones y videos virales que nos muestran lo que muchos ya sospechamos: el estrés colectivo también busca su catarsis en la vía pública.
A la par, las autoridades aseguran estar “tomando cartas en el asunto”, lo que en el lenguaje burocrático suele traducirse como operativos focalizados, patrullas visibles y declaraciones tranquilizadoras.
Los medios hablan de riñas juveniles y pandillas barriales, especialmente en el oriente de la ciudad. Sin embargo, vale la pena recordar —porque a veces se olvida— qué es una riña: desde la perspectiva social, es un acto de violencia interpersonal o grupal que surge de un conflicto directo, casi siempre inmediato y poco reflexionado. En otras palabras: una tormenta de testosterona, orgullo herido y territorialidad mal entendida.
El problema se agrava cuando la violencia escala y la integridad de los involucrados (y de quienes pasaban por ahí) termina en riesgo. Y eso ya lo muestran con lujo de detalle las redes, esas nuevas cámaras de seguridad ciudadana donde todos somos juez, jurado y espectador.
La Secretaría de Seguridad ha identificado al menos ocho zonas con mayor incidencia: Rodolfo Landeros, Volcanes, El Cerrito, Morelos y Guadalupe Peralta, entre otras. Aclaran, eso sí, que no se trata de “bandas organizadas”, sino de grupos de adolescentes y jóvenes (13 a 23 años) que disputan calles, esquinas o simplemente el orgullo de “quién manda aquí”. Hay, incluso, una docena de “líderes” identificados —todo muy estructurado para no ser estructurado—, y se realizan operativos los fines de semana entre las 19:00 y 23:00 horas, justo cuando las calles se vuelven ring.
Aunque oficialmente se repite que el fenómeno “va a la baja”, los videos y reportes siguen apareciendo con la regularidad de un mal hábito. La duda no es si hay menos riñas, sino si ahora se graban mejor.
Lo preocupante es que la respuesta institucional sigue centrada en la contención inmediata: más patrullas, más rondines y comunicados que buscan apagar incendios con un vaso de agua. La prevención —esa palabra que suele quedarse en los discursos— brilla por su ausencia. Y mientras tanto, las causas de fondo (falta de espacios, frustración social, descomposición barrial) siguen ahí, acumulando presión.
Por si fuera poco, el fenómeno también se ha mudado al volante. Ahora, las avenidas se convirtieron en campos de batalla verbales donde cualquier “cerrón”, frenazo o cambio de carril puede desatar la furia automotriz. Gritos, golpes al cofre, insultos y, en el mejor de los casos, videos que acumulan likes. A esto se suman los conductores con más miedo que pericia, capaces de provocar embotellamientos y choques de paciencia, donde la agresión no es física, pero sí emocional.
El reto para la autoridad no es menor. Pero quizá antes de desplegar otro operativo, valdría preguntarse: ¿qué nos está diciendo tanta riña? Porque detrás del golpe, el insulto o el volantazo hay algo más que violencia: hay una sociedad irritada, impaciente y cada vez más desconectada del diálogo. Y eso, sí que es peligroso.