10/11/2025
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Homicidios 2024: de un repunte y probabilidades

El lunes 10 de noviembre el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) publicó las cifras definitivas de defunciones por homicidio para 2024. Este es un insumo fundamental para comprender la violencia letal en el país, pues consolida los registros administrativos de todo el sistema de salud y, a diferencia de otras fuentes, no depende de las denuncias ni la capacidad institucional para investigar casos, como los datos publicados por el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP). Por tanto, es el dato más robusto disponible para medir la magnitud de los homicidios.

En 2024, en el país se registraron 33,550 homicidios. Esto representa un aumento de 1,298 defunciones por homicidio respecto de 2023. La tendencia es relevante porque, después de tres años de descensos graduales, se observa un repunte de la violencia homicida. Este comportamiento rompe con la trayectoria previa de descensos a partir de 2020. Desde una perspectiva histórica, los homicidios se mantienen en niveles altos. No es el máximo observado desde 1990 – durante 2018, 2019 y 2020 hubo más de 36,000 homicidios -, pero tampoco es un retorno a los niveles pre-2007.

En 2024 se registraron 29,448 homicidios de hombres y 3,739 homicidios de mujeres. La desagregación por sexo demuestra que, en comparación con datos de 2023, los homicidios de hombres aumentaron mientras que los homicidios de mujeres se mantuvieron en la misma cifra. En relación con 2018, los homicidios de hombres se redujeron en 10.1% y 0.3 en mujeres, lo que demuestra que la reducción fue significativa para la población masculina.  

Una manera clara de dimensionar la magnitud de estos registros es traducirlos a probabilidades individuales. Con las estimaciones poblacionales de 2024, a probabilidad de morir por homicidio fue de aproximadamente 1 en 2,154 hombres y de 1 en 17,813 mujeres, lo que equivale a 0.046% y 0.006%, respectivamente. Es decir, el homicidio es un evento estadísticamente raro a nivel individual, pero significativo en términos poblaciones y territoriales, dada su concentración en ciertas regiones del país. 

Las diferencias territoriales son notorias. En Colima, Morelos, Guanajuato y Chihuahua la probabilidad de morir por homicidio para los hombres fue mayor que la media nacional. Para estas entidades las probabilidades fueron de 1 en 508, 1 en 704, 1 en 926 y 1 en 958, respectivamente. En contraste, en Yucatán, Coahuila y Durango las probabilidades fueron de 1 en 23,974, 1 en 18,223 y 1 en 10,777, respectivamente. Para las mujeres, también existe heterogeneidad: Colima, Guanajuato y Baja California tienen las probabilidades más altas con 1 en 2,916, 1 en 6,298 y 1 en 6,511, respectivamente. Mientras que las entidades con menores probabilidades de homicidios de mujeres fueron: Yucatán, Campeche y Coahuila con 1 en 90,051, 1 en 80,968 y 1 en 70,101. Estas diferencias relejan la naturaleza focalizada del fenómeno: la probabilidad individual depende de manera importante del lugar.  

El comportamiento de los homicidios en 2024 representa un punto de inflexión respecto de la trayectoria reciente. Después de un periodo de disminuciones, el crecimiento observado revierte esta tendencia y devuelve el análisis a un plano de cautela estadística. La cifra no alcanza los niveles máximos registrados a finales de la década pasada, pero tampoco confirma continuidad en la reducción. En contextos de alta variabilidad anual y dinámicas heterogéneas por entidad, un año de repunte es suficiente para modificar el diagnóstico y subrayas la importancia de observar la evolución a corto plazo.

El análisis territorial y probabilístico matiza la lectura nacional. El homicidio en México no es un fenómeno uniforme ni aleatorio, sino concentrado en regiones específicas y mayor para los hombres. Aunque la probabilidad individual es baja en términos absolutos, la distribución desigual evidencia entornos donde el riesgo es más elevado y persistente. Esta concentración, tanto en volumen como en probabilidad, confirma la relevancia de marcos analíticos locales y de mediciones que combinen nivel nacional y desagregación territorial para evitar lecturas generalizadas o equívocas.

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