Medir actividades ilegales es un problema estadístico complejo. La ausencia de registros administrativos, los incentivos para ocultar la información y la heterogeneidad de los actores implicados limitan los intentos por estimar con precisión el tamaño real de los mercados ilícitos. Esto ocurre con sustancias ilícitas, armas y trata de personas, pero también con fenómenos menos visibles en la discusión pública: contrabando de bebidas alcohólicas, robo de mercancías y alteración de marbetes. Aunque son delitos cotidianos para las autoridades fiscales y aduaneras, de gran importancia e impacto para las empresas, su medición sigue enfrentando vacíos metodológicos.
El punto de partida es reconocer que ningún país puede conocer el volumen total de lo que no se declara, no paga impuestos o se mueve deliberadamente fuera de los canales formales. Por eso, organismos como la Oficina de Nacional Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) ha optado por una estrategia indirecta: medir flujos, no mercados completos. Bajo la lógica del Objetivo de Desarrollo Sostenible 16.4, lo que se busca es medir los bienes decomisados que pueden rastrearse y la proporción del comercio ilícito se vuelve visible mediante instrumentos constitucionales. Es un cambio conceptual importante: intentar medir lo que nunca aparecerá en una encuesta, a medir aquello que deja rastros en los puntos de interacción con el estado.
En el caso específico del contrabando de bebidas alcohólicas y delitos asociados se enfrentan, al menos, cinco obstáculos. Primero, la invisibilidad estructural: las operaciones ilícitas no generan facturas, declaraciones de importación ni reportes de producción. Los actores tienen incentivos para minimizar cualquier señal. Esto limita por definición .as fuentes tradicionales de información estadística como los registros administrativos, las encuestas industriales y sistemas fiscales. Segundo, la fragmentación del mercado: a diferencia de otras actividades ilícitas más centralizadas como el tráfico de drogas, el mercado ilegal de bebidas alcohólicas es altamente fragmentado. Convive el contrabando transfronterizo, la importación de insumos, la alteración de etiquetas, el relleno de botellas, la producción artesanal fuera de forma y la comercialización en establecimientos formales que mezclan inventario ilícito con lícito. Sin una cadena de suministro única, la medición requiere estrategias diferencias para cada forma de ilegalidad. Tercero, este fenómeno combina diversos delitos desde los fiscales, penales, regulatorios y sanitarios. Cada autoridad solo conoce una pequeña fracción del problema. Integrar estas piezas es difícil porque provienen de sistemas distintos, con definiciones y periodos no comparables. La intermitencia de la trazabilidad es el cuarto obstáculo; incluso cuando existen decomisos o inspecciones, la información es incompleta: origen, destino, tipo de mercancía, posible ruta y características del lote. La UNODC lo resume de la siguiente manera: la capacidad de rastreo es el indicador real de acción estatal, no la magnitud total de lo ilícito. Si un país no puede establecer el contexto ilícito de un arma decomisada –en este caso el alcohol confiscado-, cualquier estimación de flujos será limitada. Quinto, el valor generado por los mercados ilegales se fragmenta en múltiples etapas. Incluso en mercados más estudiados, como el de drogas, requiere construir cadenas de valor, márgenes mayoristas, precios internacionales, costos de producción, fe importación y exportación, así como la participación relativa de cada sector. El alcohol ilícito presenta retos similares, pero con menos evidencia empírica, menor investigación sistemática y cubierto por un mercado legal.
Aunque medir directamente el contrabando y robo de alcohol no es viable, es posible aproximarse mediante proxies estadísticos y contables que permitan dimensionar el fenómeno. Ningún acercamiento es perfecto, pero ayuna a construir un panorama más coherente. Uno de los métodos más comunes es comparar el consumo de alcohol con las ventas reportadas por la industria. La diferencia puede atribuirse a mercados no declarados o ilegales. Otro método son las series de decomisos que, aunque no representan el tamaño total del mercado, el comportamiento temporal sí permite observar tendencias brindando información sobre su estructura. Siguiendo el enfoque usado para drogas, es posible construir cadenas de valor para bebidas alcohólicas ilegales. Aunque este quiere entrevistas expertas, estudios de caso y triangulación, este enfoque da una idea del volumen de ingresos que pueden convertirse en flujos transfronterizos.
El principal reto para medir el contrabando de bebidas alcohólicas y relacionados es integrar fuentes heterogéneas para hacer una aproximación al fenómeno. Medir no es solo contar decomisos. Es reconstruir cadenas, identificar flujos financieros, ubicar puntos críticos, hacer comparaciones y estimar proporciones. En mercados ilegales el objetivo no es conocer el universo total, imposible por definición, sino producir estimaciones coherentes que sirvan para orientar políticas, estrategias de finalización, conocer los impactos a la industria, y evaluar riesgos sanitarios y recaudatorios.
Los mercados ilícitos de bebidas alcohólicas continuarán operando fuera del registro administrativo; sin embargo, la estadística, incluso con limitaciones, puede reducir la opacidad. La clave está en usar los datos dispersos y convertirlos en información útil. Generar pequeñas señales que combinadas permitan entender un fenómeno que el estado no puede ignorar.