08/12/2025
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La violencia política de género

Manifestaciones, límites difusos y el punto exacto donde se vuelve invisible

Hace unos días me llamaba la atención una denuncia sobre Violencia Política de Género (VPG), interpuesta por la aún rectora en razón del proceso de elección de rector de la Universidad Autónoma de Aguascalientes, pues durante dicho proceso hubo desacreditaciones hacia todos los candidatos por parte de los medios, rumores y hechos comprobados, sin embargo, solo se da la información sobre la denuncia pero no se le explica a la población en qué consiste la VPG. 

Cuando hablamos de VPG, hablamos de participación de mujeres en espacios públicos y procesos electorales, ya que dicho ejercicio ha dejado de ser una excepción y se ha convertido en un derecho exigible; pero, a pesar de no se una excepción, aun no se han eliminado los patrones históricos de desigualdad que persisten en dichos procesos y la VPG ha obligado a los sistemas democráticos a replantear la forma en que se conciben las contiendas políticas, las reglas del juego y la protección de quienes participan en ellas.

La violencia política de género se refiere a cualquier acción u omisión (incluidos actos simbólicos, digitales, directos o indirectos) que tenga como finalidad limitar, anular, obstaculizar o menoscabar los derechos políticos de las mujeres por el hecho de ser mujeres.

Es decir, no basta con que exista un conflicto o una disputa política: el elemento clave es que la agresión ocurra porque una mujer participa en política, o porque se percibe que viola roles tradicionales asignados al género.

Entre sus objetivos más comunes se encuentran:

  • Inhibir la participación de las mujeres como electoras, militantes, candidatas, funcionarias o lideresas comunitarias.
  • Penalizar el liderazgo público femenino mediante humillación, ridiculización o deslegitimación basada en estereotipos.
  • Reforzar estructuras patriarcales de poder mediante prácticas de exclusión o control.

La VPG puede ser física, económica, psicológica, verbal, sexual, digital, normativa o simbólica. Su amplitud refleja que no es un fenómeno nuevo, sino que adopta nuevas modalidades conforme se amplía la participación de las mujeres en espacios antes reservados a los hombres.

Para poder entender lo que es la violencia política de género, es fundamental recordar que la política ha sido, durante siglos, un espacio hecho por hombres y para hombres. Las reglas no escritas, los códigos de conducta, los pactos internos, las formas de negociar o disputar, e incluso los criterios para definir liderazgo, autoridad o legitimidad, fueron diseñados desde lógicas masculinas.

Cuando las mujeres ingresamos a estos espacios, no solo competimos por cargos: ponemos en cuestión las formas tradicionales de ejercer el poder, y esto genera resistencia de quienes ven amenazados sus privilegios.

Por ello, la VPG no surge de la nada. Está enraizada en una cultura política que aún hoy castiga, ridiculiza o desconfía del liderazgo femenino, considerándolo “impropio”, “incompleto” o “inferior” y no siempre se manifiesta como agresión abierta. Muchas veces opera de manera sutil, disfrazada de crítica política legítima, análisis periodístico o incluso de humor. Las formas más comunes incluyen:

Violencia simbólica, la cual se expresa mediante mensajes que reducen a las mujeres a estereotipos de género:

  • cuestionar la “idoneidad” de una mujer por su edad, apariencia física o estado civil;
  • desacreditarla por ser madre o no serlo;
  • usar diminutivos, apodos o términos infantilizantes.

Es una violencia que opera en el plano de lo simbólico, pero tiene efectos concretos: erosiona la credibilidad, limita el acceso al poder y refuerza la idea de inferioridad.

Violencia digital, esta incluye campañas de difamación, manipulación de imágenes, ataques coordinados, discursos de odio y difusión de información privada. Las mujeres reciben agresiones más sexualizadas, amenazas vinculadas a su cuerpo, a su vida íntima o a su familia.

Violencia institucional, se presenta cuando partidos, autoridades o estructuras formales obstaculizan a las mujeres:

  • negando recursos,
  • no asignando espacios de decisión,
  • enviándolas a competir en distritos perdidos,
  • invisibilizando su trabajo.

Violencia física o psicológica directa, van desde amenazas, acoso y hostigamiento hasta agresiones que ponen en riesgo la integridad o la vida. En varios países, la violencia política ha cobrado la vida de mujeres lideresas que intentaron transformar realidades locales.

Pero, ¿dónde realmente empieza y dónde termina la violencia política de género?, aunque la definición parece clara, en la práctica existe una zona gris que genera tensiones jurídicas, políticas y sociales. Esta zona gris surge por varias razones:

  1. La política es, por naturaleza, confrontación: la contienda democrática implica debate, crítica, oposición y escrutinio público. Por tanto, no toda crítica dirigida a una mujer es VPG; la evaluación de su desempeño, decisiones o propuestas es necesaria en democracia.

El problema surge cuando la crítica trasciende lo político y utiliza elementos de género para dañar, desacreditar o limitar.

  1. La intención es difícil de probar: muchos actos de VPG se justifican como “comentarios políticos”, “libertad de expresión”, “humor” o “opinion personal”.

La intencionalidad discriminatoria suele ocultarse bajo argumentos neutrales, lo que dificulta evidenciar la motivación de género.

  1. La normalización cultural: muchas expresiones de violencia están tan arraigadas que pasan inadvertidas incluso para las propias víctimas:
  • interrupciones constantes,
  • mansplaining político, (cuando el hombre interrumpe o explica un tema político a una mujer de forma condescendiente y paternalista, asumiendo erróneamente que ella no lo conoce, incluso si es experta, con el objetivo de demostrar superioridad y reafirmar su poder, silenciándola y restándole credibilidad en un espacio tradicionalmente masculino)
  • exclusión informal de decisiones,
  • sobreexigencia de credenciales,
  • juicios dobles: a las mujeres se les exige perfección; a los hombres, liderazgo.

La sociedad puede no percibirlas como violencia, y es justo ahí donde la VPG comienza a desaparecer. 

La línea que separa la crítica legítima de la violencia política de género puede formularse así:

La crítica política es válida cuando cuestiona ideas, acciones, decisiones o resultados.

La violencia política de género aparece cuando el ataque se dirige a elementos vinculados al género, utilizando estereotipos, sexualización, roles tradicionales o criterios diferenciados para deslegitimar a una mujer.

Pero esa línea se vuelve extremadamente delgada cuando:

  • El argumento parece neutro, pero se usa selectivamente contra mujeres.
  • La crítica utiliza lenguaje ambiguo que permite interpretaciones contradictorias.
  • La agresión se reviste de humor o sarcasmo.
  • La sociedad está acostumbrada a esos discursos y no los cuestiona.
  • La propia víctima duda de si debe denunciar porque teme ser acusada de “victimizarse”.

La frontera, por tanto, no es jurídica: es cultural. Y la cultura siempre opera en zonas grises.

Sin embargo, es importante identificar esa línea, pues el no hacerlo tiene como consecuencias, tales como que las mujeres dejan de participar, las instituciones pierden legitimidad democrática, los agresores operan con impunidad simbólica, se reproduce la idea de que la política es un espacio donde las mujeres deben soportar más que los hombres para ser aceptadas y el debate público pierde calidad.

No identificar la línea es permitir que la democracia retroceda. Para evitar que la VPG quede oculta en zonas grises, se requieren tres acciones:

  1. Alfabetización política con perspectiva de género: que la ciudadanía pueda distinguir entre crítica válida y violencia sexista, y que reconozca los estereotipos en discursos aparentemente neutrales.
  2. Protocolos institucionales claros: que los partidos, los órganos electorales y los gobiernos deben tener mecanismos rápidos, eficaces y con enfoque de género para identificar la violencia y sancionarla.
  3. Normalizar el liderazgo de las mujeres: la presencia de mujeres en la política debe entenderse como parte del funcionamiento natural de la democracia, no como una excepción o concesión.

  Si bien es cierto que la VPG es una forma de exclusión profundamente arraigada que adopta múltiples estrategias para preservar privilegios masculinos en la esfera pública, también es cierto que en la esfera pública y política cada día las mujeres tomamos mas espacios y nos juzgan por nuestro desempeño, sin embargo, la línea que separa la crítica política de la violencia de género no es jurídica, sino simbólica y cultural. Se traza en el momento exacto en que la crítica deja de centrarse en las acciones y comienza a utilizar elementos de género para controlar, silenciar o desacreditar a una mujer. Cuando esa línea se vuelve difusa, la violencia desaparece de la vista, pero no del impacto que genera.

Comprender, visibilizar y nombrar esa frontera es esencial para garantizar una democracia más justa, más plural y verdaderamente incluyente y para saber reconocer figuras de violencia cuando estas realmente existan.

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