La semana pasada, un periódico local publicó una numeralia sobre el desempeño de la LXVI Legislatura del Congreso del Estado de Aguascalientes. El dato estrella fue, como suele ocurrir, la “productividad” medida en número de iniciativas presentadas. A partir de ahí, varios medios replicaron la información con entusiasmo: diputados con más iniciativas, diputados con menos iniciativas, tablas, rankings y aplausos discretos.
Porque, al parecer, en Aguascalientes —como en casi todos los congresos locales— la eficiencia legislativa se resume en una pregunta bastante elemental: ¿cuántas iniciativas presentó el diputado?
La lógica es sencilla, casi conmovedora: más iniciativas, más trabajo; menos iniciativas, menos esfuerzo. El detalle es que legislar no es una competencia de volumen ni el Congreso una imprenta con horario ampliado.
No es ningún secreto que buena parte de los diputados son usuarios frecuentes —por no decir intensivos— de redes sociales. Facebook, Instagram y ahora TikTok se han convertido en extensiones naturales del curul. La intención, al menos en el discurso, es mostrar cercanía con el pueblo. En la práctica, el trabajo legislativo de los últimos años parece dividirse más o menos así: 30 % sesiones, 20 % eventos públicos, y 50 % redes sociales.
Todo indica que para muchos legisladores la exposición importa más que el fondo. No es tan relevante qué se legisla, sino dónde se tomó la foto, con quién se grabó el video, cuántas veces se dijo “escuchando a la gente” y cuántos corazones acumuló la publicación.
Conviene decirlo con claridad: la cercanía con la ciudadanía no es el problema. Es deseable. Es sana. El problema surge cuando la narrativa sustituye al trabajo, la imagen suplanta al resultado y la política empieza a parecer una pasarela con fuero. Cuando la agenda mediática pesa más que el impacto real en la vida de quienes dicen representar. Hoy, algunos diputados parecen más influencers con iniciativa que legisladores con agenda.
A esto se suma una idea bastante extendida —y muy conveniente—: que el trabajo técnico aleja a la gente. Que las leyes bien pensadas son incomprensibles. Que legislar con datos, diagnósticos y consecuencias no conecta. Bajo ese argumento, se justifica la ocurrencia y se romantiza la improvisación.
Sin embargo, un buen legislador debería ser capaz de hacer varias cosas a la vez: entender el problema, traducirlo en norma, negociar políticamente con quien corresponda y explicar con claridad qué cambió y por qué. El problema no es la técnica; el problema es no saber comunicarla… o no querer. Pero comunicar bien no siempre da likes, y ahí empieza el conflicto.
La numeralia difundida recientemente desató una curiosa lluvia mediática —casual, sin duda— que destacó a quienes concentran tanto la mayor como la menor cantidad de iniciativas y decretos. El mensaje implícito es claro: presentar más equivale a ser más efectivo. El inconveniente es que cantidad no es sinónimo de calidad, y mucho menos de impacto.
Presentar iniciativas no equivale a que se dictaminen, se aprueben, se implementen o a que alguien fuera del Congreso note su existencia. En términos reales, una buena parte de la producción legislativa se queda en comisiones, duplica normas ya existentes, reforma artículos cosméticos o responde más a coyunturas mediáticas que a problemas públicos reales.
Conviene no perderlo de vista: la representación política no sustituye al conocimiento técnico, lo complementa. El Congreso no es una asamblea de opiniones; es un órgano que debería producir normas obligatorias. Y las normas mal hechas no se arreglan con cercanía, no se corrigen con likes y no se justifican con discursos emotivos.
En Aguascalientes no necesitamos diputados que produzcan más iniciativas, sino diputados que produzcan mejores resultados. El Congreso no es una imprenta ni las redes sociales un informe legislativo. Al final, una selfie, un reel o un video no cambian una ley, y una ley mal hecha no se arregla con filtros.
La verdadera eficiencia legislativa no se mide en publicaciones, sino en problemas resueltos.
Lo demás —hay que decirlo— es escenografía.