En semanas pasadas, el tema de una reforma electoral orientada a reducir el número de diputados plurinominales ha dado mucho de qué hablar. Por un lado, están quienes la respaldan con argumentos que suenan impecables en cualquier encabezado: ahorro presupuestal (menos legisladores, menos gasto), mayor legitimidad democrática (menos “curules regaladas”) y un Congreso más ágil (menos integrantes, menos negociación). Aunque esta última suele traducirse más bien en algo como: que se note que estamos haciendo algo.
El discurso es sencillo, casi irresistible: menos diputados, menos gasto, más cercanía con la gente. Suena bien, se comparte fácil y no exige demasiadas explicaciones. De hecho, funciona tan bien que rara vez se acompaña de una.
Dejando de lado colores, ideologías y beneficios partidistas —al menos por un momento— vale la pena preguntarse por qué importa este debate. Y no, no es solo un asunto de números. Reducir plurinominales redefine el equilibrio del poder: quién entra al Congreso, qué tan diversas son las voces legislativas y qué tan fácil resulta modificar leyes… o incluso la Constitución.
Conviene decirlo desde ahora: menos plurinominales no significa automáticamente más democracia. Puede significar, dependiendo del diseño de la reforma, más concentración del poder. Y eso suele venir disfrazado de eficiencia.
Pero vayamos por partes. ¿Para qué sirven los plurinominales? Antes de responder, conviene mirar el tablero completo. A nivel nacional, la representación proporcional ha sido uno de los principales mecanismos para evitar mayorías absolutas artificiales en el Congreso de la Unión, particularmente en la Cámara de Diputados.
Gracias a los diputados plurinominales, durante décadas ha sido posible que partidos con respaldo ciudadano real tengan presencia legislativa, que las reformas constitucionales requieran negociación y que el poder no se concentre automáticamente en una sola fuerza política. Especialistas en la materia han demostrado que, cuando la representación proporcional se debilita, el partido que gana distritos se lleva mucho más de lo que votaron por él. No es una hipótesis académica: ha ocurrido cada vez que se reducen contrapesos o se manipulan las reglas de asignación.
Ahora bien, lo que sucede a nivel nacional se replica con mayor intensidad en lo local.
En Aguascalientes, con un número reducido de distritos y una competencia electoral claramente desigual, los plurinominales cumplen una función todavía más delicada: impedir que el Congreso refleje solo al ganador y no al conjunto del electorado. Dicho sin rodeos: lo que a nivel nacional reduce contrapesos, a nivel estatal puede eliminarlos casi por completo, como ocurre en el Congreso del Estado de Aguascalientes.
La historia ayuda a entender por qué esto importa. Durante buena parte del siglo XX, antes de la reforma política de 1977, el sistema electoral mexicano funcionaba casi exclusivamente por mayoría relativa. ¿El resultado? Un partido dominante que ganaba casi todos los distritos y, con alrededor del 50–60 % de los votos, se quedaba con 80–90 % de los escaños. Sí, había oposición, pero más como decoración institucional que como contrapeso real.
El Congreso de la Unión era, en los hechos, una cámara de trámite. Las reformas se aprobaban sin negociación real, no porque existiera consenso, sino porque no había aritmética que lo impidiera.
Por eso los plurinominales surgen precisamente para corregir esa distorsión: para que el poder legislativo reflejara votos, no solo triunfos territoriales. En ese sentido, conviene recordarlo: los plurinominales no nacieron para incomodar; nacieron para evitar congresos de un solo color.
En periodos más recientes, cuando una sola fuerza política ha concentrado mayorías amplias en la Cámara de Diputados, la pauta ha sido consistente: reformas aceleradas, debate limitado, oposición testimonial y decisiones tomadas más por disciplina que por deliberación. La historia electoral mexicana es clara: cada vez que se debilitan los mecanismos de representación proporcional, el poder se concentra. Y cuando el poder se concentra, el problema nunca es la eficiencia, sino la falta de contrapesos.
Aun así, la crítica a los plurinominales y las propuestas para desaparecerlos carecen, en general, de un análisis profundo sobre cómo se afectaría la representación, qué pasaría con las minorías o qué incentivos se generarían en el sistema político. En su lugar, vienen aderezadas con frases emocionalmente efectivas: “no los eligió nadie”, “son muchos”, “son muy caros”. Todo eso suena bien… hasta que se revisa con calma.
Eliminar o reducir drásticamente a los plurinominales favorece sistemáticamente a los partidos grandes, a quienes ya dominan distritos, cuentan con estructura, recursos y mayorías territoriales. En otras palabras: concentra poder.
La pregunta incómoda es inevitable: si los plurinominales son tan inútiles, ¿por qué quienes impulsan su eliminación siempre son los que más se benefician de desaparecerlos? No se trata de defender personas ni trayectorias individuales —ese es otro debate—, sino de entender que el problema no es el mecanismo, sino cómo se usa. Un Congreso con menos voces no es necesariamente más eficiente; muchas veces, solo es más obediente.
Los plurinominales no son perfectos. Pueden y deben mejorarse. Pero eliminarlos no fortalece la democracia: la adelgaza. Porque cuando se quitan los contrapesos, lo que queda no es eficiencia, sino poder concentrado… y eso, históricamente, nunca termina bien.
Como ciudadano, la pregunta relevante no debería ser cuántos diputados hay, sino: ¿a quién representan?, ¿qué tan equilibrado está el poder?, ¿qué tan fácil es imponer decisiones sin discusión?
Reducir plurinominales no es limpiar la democracia; es dejarla sin defensas. Cuando la pluralidad incomoda, no se corrige: se elimina.