La semana pasada resultó interesante observar cómo muchas personas, dependiendo del rol que ocupan en determinado momento, modifican por completo su postura frente a situaciones donde debería prevalecer la empatía. Todo parece tener sentido mientras la molestia le ocurra a otro. Porque, en realidad, el problema solo existe cuando nos toca.
Distintos estudios internacionales y regionales han advertido desde hace años una disminución de la confianza interpersonal, menor participación comunitaria y un crecimiento de conductas individualistas en las ciudades. En términos simples: cada vez confiamos menos en los demás y cada vez priorizamos más resolver nuestra necesidad inmediata, aunque eso implique afectar al resto.
Y quizá uno de los mejores ejemplos de esta conducta aparece en algo tan cotidiano como un estacionamiento con alta afluencia.
Al entrar molestan las filas, desespera quien tarda, irrita el conductor que se atraviesa o quien bloquea el paso mientras acomoda el vehículo con una calma casi filosófica. Todo parece una falta absoluta de consideración. Pero al salir, la lógica cambia. Ya no importa revisar el celular antes de avanzar, acomodarse lentamente, incorporarse sin prisa o detener el flujo mientras “solo es un momento”. De pronto, la espera ajena deja de ser relevante.
Al final, el problema nunca fue realmente la conducta. El problema era quién estaba soportando la molestia.
En buena parte de nuestra dinámica social ocurre exactamente lo mismo. Muchas personas no sostienen principios de manera constante; sostienen posiciones dependiendo de si son beneficiadas o afectadas. Aquí aparece algo que en sociología podría entenderse como el ciudadano “víctima temporal”.
No hablamos de alguien permanentemente comprometido con el orden, la empatía o la legalidad. Hablamos de alguien cuya postura cambia según el lugar que ocupa en ese instante. Cuando se siente afectado exige reglas, autoridad y conciencia social; cuando deja de ser el afectado, el problema pierde importancia o incluso termina justificando exactamente aquello que antes criticaba.
Por eso vivimos una especie de moral intermitente: la regla importa mientras limite al otro, pero incomoda cuando nos limita a nosotros.
La vemos todos los días: criticamos el tráfico hasta que somos quienes se estacionan en doble fila “solo tantito”; exigimos silencio hasta que la fiesta es nuestra; pedimos castigos severos hasta que el sancionado es alguien cercano; condenamos privilegios hasta que nos ofrecen uno.
Y aunque solemos pensar que el deterioro social solo ocurre a partir de grandes delitos o enormes actos de corrupción, la realidad es mucho más incómoda: las sociedades también se desgastan por miles de pequeñas decisiones cotidianas donde cada quien considera que su urgencia personal justifica afectar a los demás.
Tal vez por eso vivimos en una época donde muchos no quieren reglas: quieren excepciones personales. Queremos orden… pero con permiso para brincarlo cuando nos conviene.
Y quizá ahí está una de las formas más modernas del egoísmo social: exigir consideración mientras se recibe, pero olvidarla en cuanto deja de ser necesaria.
Porque la empatía contemporánea parece durar exactamente lo mismo que nuestra condición de afectados.
Después de eso, el problema vuelve a ser de alguien más.