05/10/2026
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Medicamentos GLP-1: perder peso es sólo una parte de la historia

Durante los últimos años, los medicamentos conocidos popularmente como GLP-1 han pasado de ser tratamientos utilizados principalmente en diabetes a convertirse en uno de los temas más comentados en nutrición, obesidad y salud metabólica. Semaglutida, liraglutida y tirzepatida aparecen con frecuencia en conversaciones sobre pérdida de peso, pero detrás de estos nombres existe una farmacología mucho más compleja que simplemente quitar el hambre.

Los agonistas de los receptores de GLP-1 son medicamentos que imitan, con distinta duración y potencia, a una hormona que nuestro propio organismo produce después de comer. Esta hormona participa en la regulación de la glucosa, el apetito, la digestión y la sensación de saciedad. Algunos medicamentos más recientes combinan esta acción con la de otra hormona intestinal, el GIP, por lo que se conocen como agonistas duales.

Es importante entender desde el principio que estos medicamentos no constituyen una solución independiente para la obesidad o para la diabetes. La alimentación adecuada, la actividad física, el sueño, el manejo de otros factores de riesgo y el seguimiento por profesionales de la salud continúan siendo los pilares del tratamiento. Los medicamentos pueden ser una herramienta adicional para determinadas personas, no un sustituto de esos hábitos.

GLP-1 significa “péptido similar al glucagón tipo 1”. Es una hormona producida principalmente por células del intestino después de la ingesta de alimentos y participa activamente en la regulación de la glucosa.

Después de comer, el GLP-1 ayuda al organismo a responder de manera apropiada al aumento de glucosa, estimulando la secreción de insulina. Al mismo tiempo, disminuye la secreción de glucagón, una hormona que favorece la liberación de glucosa por parte del hígado.

Además, el GLP-1 retrasar el vaciamiento gástrico y actúa sobre el sistema nervioso central, interviniendo en la regulación del hambre y la saciedad. Por eso, cuando se utiliza farmacológicamente, una persona puede experimentar menor apetito, mayor sensación de llenura y una disminución en cantidad de alimento consumido.

El organismo produce GLP-1 de manera natural, pero durante pocos minutos. Los medicamentos fueron diseñados para activar este sistema durante mucho más tiempo.

La semaglutida, por ejemplo, puede utilizarse en determinadas personas con diabetes tipo 2 y, en formulaciones y dosis específicas, también está indicada para el tratamiento farmacológico de la obesidad o el sobrepeso acompañado de determinados factores de riesgo.

Por otro lado, tirzepatida pertenece a una generación diferente. No es solamente un agonista del receptor de GLP-1: activa simultáneamente los receptores de GLP-1 y GIP. Por eso se denomina un agonista dual. Esta diferencia es importante porque GLP-1 y GIP son dos hormonas intestinales relacionadas con la regulación metabólica, pero no son idénticas y actúan mediante mecanismos parcialmente diferentes.

El GIP, al igual que GLP-1, participa en la respuesta del organismo después de comer.

Los medicamentos duales buscan aprovechar simultáneamente las vías de GLP-1 y GIP. En el caso de tirzepatida, los estudios clínicos han demostrado efectos importantes tanto sobre el control de la glucosa como sobre el peso corporal.

La existencia de estos medicamentos ha cambiado la manera de entender el tratamiento farmacológico de la obesidad. Ya no se trata únicamente de reducir la ingesta calórica, sino también de intervenir sobre mecanismos biológicos relacionados con el hambre, la saciedad, la glucosa, el metabolismo y la regulación energética. Esto es particularmente relevante porque la obesidad es una enfermedad multifactorial. El apetito no depende exclusivamente de una decisión consciente. Intervienen hormonas, sistema nervioso, genética, sueño, estrés, ambiente alimentario, actividad física y múltiples señales metabólicas.

Una de las principales razones por las que estos medicamentos producen reducción del peso corporal es que disminuyen el apetito y aumentan la saciedad. Una persona que antes podía sentir hambre con frecuencia puede comenzar a sentirse satisfecha con una cantidad menor de comida. También puede disminuir el interés por determinados alimentos y reducirse el consumo espontáneo de calorías.

El retraso del vaciamiento gástrico puede contribuir a prolongar la sensación de llenura, aunque este mecanismo no explica por sí solo todos los efectos sobre el peso.

También existen acciones a nivel cerebral, involucradas en la regulación de la ingesta y del comportamiento alimentario. El resultado final es una modificación de las señales que participan en hambre y saciedad. Pero aquí existe una consideración nutricional fundamental: comer menos no necesariamente significa alimentarse mejor.

Una persona puede perder peso consumiendo muy poca comida y, al mismo tiempo, ingerir cantidades insuficientes de proteína, fibra, vitaminas y minerales. Por eso, cuando estos medicamentos se utilizan para controlar el peso, la intervención nutricional adquiere todavía mayor importancia. El objetivo no debería ser simplemente comer lo menos posible, sino conseguir una alimentación nutricionalmente adecuada dentro de una menor cantidad total de alimentos.

Entre las personas que pueden beneficiarse de estos tratamientos se encuentran determinados pacientes con diabetes tipo 2, en quienes estos medicamentos pueden mejorar el control de la glucosa. En determinados pacientes también se han observado beneficios cardiovasculares. Algunos ensayos clínicos han demostrado reducción de eventos cardiovasculares mayores en poblaciones específicas, especialmente personas con diabetes tipo 2 y alto riesgo cardiovascular.

La investigación también ha encontrado efectos favorables sobre presión arterial, control glucémico, algunos parámetros relacionados con el metabolismo de los lípidos, en buena medida asociados a la reducción de peso, efectos metabólicos directos y sobre enfermedad renal crónica.

El peso corporal es solamente una medida global. Dos personas con el mismo peso pueden tener cantidades muy diferentes de grasa visceral, músculo y grasa subcutánea.

La grasa visceral, aquella que se acumula alrededor de los órganos abdominales, está metabólicamente activa y se relaciona con resistencia a la insulina, alteraciones de lípidos, hipertensión y mayor riesgo cardiometabólico. Con la pérdida de peso producida por estos tratamientos también puede disminuir la cantidad de grasa visceral. Esto puede traducirse en mejoras metabólicas importantes; sin embargo, la distribución de la pérdida de grasa depende de múltiples factores. Por eso, cuando una persona inicia tratamiento, sería más útil valorar cambios en composición corporal, circunferencia de cintura, glucosa, presión arterial, lípidos y condición física, y no únicamente observar el número de la báscula.

Quisiera hacer énfasis en una pregunta que muy a menudo me hacen mis pacientes: ¿Son medicamentos para bajar de peso o para tratar enfermedades?

La obesidad actualmente se reconoce como una enfermedad crónica y multifactorial. Por ello, en personas que cumplen determinados criterios clínicos, el tratamiento farmacológico puede formar parte de una estrategia médica a largo plazo. No significa que cualquier persona que quiera perder cinco kilos deba utilizar un fármaco. La indicación depende de factores como índice de masa corporal, presencia de enfermedades asociadas, antecedentes, medicamentos utilizados, riesgo cardiovascular, función renal, antecedentes gastrointestinales y otros elementos que debe valorar el médico.

Además, no todos los productos que se comercializan en redes sociales o internet tienen las mismas características que los medicamentos aprobados. Comprar sustancias de origen incierto, modificar dosis por cuenta propia o utilizar medicamentos prescritos para otra persona puede representar riesgos importantes.

Los efectos adversos gastrointestinales son particularmente frecuentes, como náusea, sensación de llenura excesiva, vómito, diarrea, estreñimiento, distensión abdominal o dolor abdominal.

El hecho de que una persona tenga menos apetito tampoco significa que deba permanecer prácticamente sin comer. Una ingesta excesivamente baja puede favorecer pérdida de masa muscular, debilidad, deficiencias nutricionales y menor capacidad para realizar actividad física. Este punto es particularmente importante en adultos mayores.

También existen advertencias, precauciones y contraindicaciones específicas relacionadas que dependen del medicamento y de las características de cada paciente. Por ello, el perfil de seguridad debe evaluarse individualmente.

Una de las conversaciones más importantes alrededor de estos tratamientos debería ser la composición corporal. Cuando una persona pierde mucho peso, la reducción no corresponde exclusivamente a grasa. Puede existir pérdida de masa libre de grasa y, dentro de ella, masa muscular. Esto no significa que los medicamentos sean responsables necesariamente de una pérdida perjudicial de masa muscular. Parte de la pérdida de masa magra puede acompañar a cualquier reducción importante de peso. Sin embargo, cuando el consumo de alimentos disminuye considerablemente, aumenta la necesidad de cuidar la calidad de la alimentación y realizar ejercicio de fuerza.

Por eso, una persona que utiliza un medicamento para bajar de peso debería prestar especial atención a un consumo adecuado de proteínas, verduras, frutas, leguminosas, cereales integrales, grasas saludables y a una hidratación suficienteEl entrenamiento de fuerza es una herramienta fundamental para ello.

Caminar, correr, nadar, andar en bicicleta o realizar otras actividades aeróbicas aporta enormes beneficios cardiovasculares, metabólicos y funcionales. Pero el trabajo de fuerza adquiere una importancia especial cuando existe una pérdida importante de peso. 

Existe un error frecuente: pensar que, si un medicamento reduce el apetito, ya no es necesario llevar una buena alimentación. En realidad, ocurre exactamente lo contrario.

Cuando el apetito disminuye, cada alimento consumido adquiere mayor importancia nutricional. Si antes una persona ingería suficientes proteínas, fibra, vitaminas y minerales gracias a una alimentación variada, pero después del medicamento solamente come pequeñas cantidades de alimentos ultraprocesados, puede perder peso sin mejorar necesariamente su calidad nutricional.

Es conveniente priorizar alimentos con alta densidad nutricional: proteínas de buena calidad, verduras, frutas enteras, leguminosas, cereales integrales, semillas, frutos secos y grasas insaturadas, ajustando las cantidades a las necesidades individuales.

También puede ser útil distribuir las proteínas a lo largo del día en lugar de intentar consumir una cantidad muy grande en una sola comida.

La hidratación tampoco debe olvidarse. Algunas personas comen y beben menos debido a la disminución del apetito o a síntomas gastrointestinales, y esto puede favorecer deshidratación, especialmente si existen vómitos o diarrea.

Otra pregunta frecuente en consulta es qué ocurre con el llamado “rebote” después de suspender el medicamento. Esta es otra razón por las que estos tratamientos deben entenderse como parte de una intervención médica integral.

La obesidad es una enfermedad crónica y los mecanismos biológicos que favorecen el aumento de peso no desaparecen necesariamente porque una persona haya alcanzado un peso determinado.

Por esta razón, el médico debe decidir cuánto tiempo utilizar el medicamento, si es necesario mantenerlo, modificarlo o suspenderlo, y cómo acompañar cada etapa. Lamentablemente, no existe una inyección que sustituya una vida saludable. 

Los agonistas de GLP-1 y los medicamentos duales GLP-1/GIP representan un avance importante en el tratamiento de enfermedades metabólicas y de la obesidad. Pero su existencia no cambia los principios fundamentales de una buena medicina preventiva.

Una persona necesita una alimentación adecuada, actividad física, sueño suficiente, manejo del estrés y vigilancia de la presión arterial, la glucosa y los lípidos, así como las evaluaciones médicas correspondientes. El medicamento, cuando está indicado, se suma a todo esto como una herramienta más y funciona mejor cuando se utiliza correctamente, en la persona adecuada y dentro de una estrategia integral.

El objetivo no debería ser alcanzar un número específico en la báscula a cualquier precio. Bajar de peso puede ser un objetivo, pero mejorar la salud metabólica, conservar músculo, disminuir el exceso de grasa y el riesgo de enfermedad, mantener la capacidad funcional y aprender a cuidar el organismo durante toda la vida es el verdadero tratamiento.

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