Durante las últimas semanas, circular por la ciudad de Aguascalientes se ha convertido en una combinación de paciencia, intuición y resignación. Uno sale de casa con una ruta y, pocas cuadras después, descubre que alguna dependencia ya le preparó otra.
Hay calles cerradas, carriles reducidos, conos, zanjas y agentes que indican que por ahí no. ¿Por dónde sí? Ésa ya es una investigación que corresponde al automovilista.
La obra pública es indispensable. Nadie sensato exigiría que no se reparen las calles o que no se renueven las tuberías. El problema no es que se hagan obras, sino la facilidad con la que las autoridades trasladan a la ciudadanía el costo de su descoordinación.
Porque las obras se pagan dos veces: primero con los impuestos y después con el tiempo perdido.
Comencemos por el bacheo, una tradición tan hidrocálida como la Feria, sólo que disponible durante todo el año. Se repara un bache y, después de algunas lluvias, nuestro viejo amigo vuelve a saludarnos. A veces en el mismo lugar, quizá por nostalgia.
Se cierra el carril, se forma el embotellamiento y cientos de personas pierden minutos que nadie contabiliza. Del tiempo ciudadano ni hablamos: ése aparentemente viene incluido y es gratuito.
Pero no pasa nada.
Después están las obras de MIAA. Uno observa la calle abierta y trata de convencerse de que la incomodidad valdrá la pena. Terminan unos metros, avanzamos con esperanza y descubrimos que, más adelante, la misma vialidad vuelve a estar abierta. Una zanja termina donde comienza la siguiente. Es la continuidad administrativa llevada al pavimento.
A esto se suman las obras municipales y estatales. Cada dependencia parece tener su calendario, sus contratistas y, posiblemente, su propia colección de conos. Lo que no siempre se advierte es coordinación para reducir las afectaciones.
Se cierra una calle, se coloca una patrulla y parece cumplirse el protocolo. Si se saturan las vialidades alternas o alguien tarda el doble en llegar a su trabajo, no pasa nada. La obra es por su bien, aunque usted no consiga llegar a tiempo para disfrutarla.
Lo que terminó de volarme la cabeza fue encontrar cierres para pintar cruces peatonales con colores asociados a la imagen de la actual administración estatal.
La NOM-034-SCT2/SEDATU-2022 establece los criterios técnicos de señalización para calles y carreteras. En los cruces peatonales dispone que las rayas deben ser blancas reflejantes. Esto no significa que cualquier color complementario sea automáticamente irregular, pero sí obliga a preguntar si los diseños respetan las condiciones de visibilidad y seguridad.
Porque una cosa es embellecer el espacio público y otra utilizar el pavimento como extensión de la identidad gráfica del gobierno. Los cruces peatonales no son espectaculares ni publicaciones para redes sociales: son dispositivos de seguridad.
Lo más sorprendente es la forma de realizar los trabajos. La policía cierra la avenida y parece considerar que el resto pertenece al terreno de la filosofía: cada conductor encontrará su propio camino. Se atraviesa la patrulla, se colocan los conos y asunto resuelto. La calle queda cerrada; la planeación, al parecer, también.
Y no pasa nada.
Lo que se pide no es detener las obras, sino algo mucho menos revolucionario: planearlas. Coordinar dependencias, evitar intervenciones simultáneas en vialidades cercanas, informar con anticipación, señalar rutas alternas y trabajar en horarios de menor circulación.
Municipio, Gobierno del Estado y MIAA utilizan recursos públicos para resolver necesidades públicas. Eso no les concede permiso para tratar el tiempo de la ciudadanía como material sobrante de la construcción.
Las autoridades miden las obras por metros rehabilitados, tuberías sustituidas, toneladas de asfalto o millones invertidos. También deberían calcular cuántas calles cerraron, qué alternativas ofrecieron y cuántas horas hicieron perder colectivamente.
Quizá entonces descubrirían que la eficiencia no consiste únicamente en terminar una obra, sino en reducir el costo que su ejecución impone a los demás.
La obra pública no tiene por qué estar peleada con la vida cotidiana. Existen conceptos antiguos —casi arqueológicos— llamados planeación, coordinación y respeto por el tiempo ajeno.
La ciudad necesita obras. Lo que no necesita es que cada reparación se convierta en otra prueba de resistencia para quienes la habitan. El pavimento puede recuperarse, la tubería puede sustituirse y el cruce peatonal puede volver a pintarse.
El tiempo perdido, ése sí, no admite bacheo.
Fuente normativa
NOM-034-SCT2/SEDATU-2022, Señalización y dispositivos viales para calles y carreteras, publicada en el Diario Oficial de la Federación.