22/06/2026
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Cuando la popularidad no alcanza

La derrota de Morena en la reciente elección de Coahuila ofrece una lección política que difícilmente debería pasar desapercibida rumbo a 2027. De un lado está el PRI, un partido que durante años fue dado por muerto, reducido por muchos analistas a una fuerza en proceso de extinción. Del otro, Morena, el partido gobernante, con la Presidencia de la República, mayorías legislativas y una presencia dominante en buena parte del país. Sin embargo, los votos recordaron una verdad elemental de la política: ninguna fuerza es invencible y ninguna derrota ocurre por casualidad. La pregunta es si habrá disposición para entender las causas del resultado o si se optará por ignorar las señales de advertencia.

Poco visible en el debate nacional, pero altamente efectivo en la práctica, ha sido el dominio priista en Coahuila. Se trata de uno de los pocos estados donde el PRI conserva una sólida estructura territorial sustentada en alcaldes, liderazgos regionales, operadores electorales experimentados y una maquinaria política construida durante décadas. Esa estructura permitió que un partido que muchos consideraban políticamente agotado encontrara oxígeno y obtuviera una victoria contundente en una elección que pocos observadores anticipaban en esos términos.

Sin duda, la seguridad pública fue uno de los factores que pudieron influir en la percepción ciudadana. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2025 del INEGI, el 37.7% de la población de Coahuila manifestó percepción de inseguridad, una de las más bajas del país, mientras que el 60.6% se sintió segura en su entidad. Estos resultados colocaron a Coahuila como la segunda entidad con mejor percepción de seguridad a nivel nacional y la primera del norte del país.

Si bien estos indicadores no permiten afirmar que la ciudadanía votó exclusivamente por razones de seguridad, sí muestran que el gobierno estatal llegaba a la elección con uno de los activos políticos más valiosos que puede tener cualquier administración: una percepción ciudadana favorable en uno de los temas que más preocupan a la población mexicana.

La derrota también representa una primera llamada de atención para Morena. Los resultados vuelven a demostrar que la popularidad presidencial no se traduce automáticamente en votos para todos los candidatos, en todos los territorios y bajo cualquier circunstancia. Distintos análisis previos a la elección ya advertían problemas internos, disputas entre grupos, dependencia de liderazgos externos y dificultades para construir una estructura territorial propia capaz de competir con eficacia en determinadas regiones del país.

La participación ciudadana alcanzó aproximadamente el 51%, una cifra superior a la observada en procesos legislativos previos en la entidad. El bloque ganador obtuvo alrededor del 55% de la votación, mientras que Morena y sus aliados apenas alcanzaron cerca del 26%. Sin embargo, el dato más revelador no es la diferencia porcentual, sino que Morena perdió los 16 distritos de mayoría relativa en disputa.

Ese resultado sugiere algo más profundo que una campaña deficiente o una coyuntura desfavorable. Refleja una brecha considerable entre la fortaleza nacional de Morena y su capacidad real de organización e implantación territorial en ciertas entidades. En otras palabras, evidencia que existe una diferencia importante entre ser una marca política dominante y contar con estructuras capaces de ganar elecciones locales.

Sería un error interpretar este resultado como un cambio de tendencia nacional. Una elección local no invalida el peso político que Morena conserva en buena parte del país. Sin embargo, también sería un error minimizar lo ocurrido. Coahuila demuestra que Morena no es invencible y que las elecciones siguen ganándose en el territorio, no únicamente en las conferencias de prensa, las redes sociales o las encuestas nacionales.

La elección deja una lección que trasciende a todos los partidos: ninguna victoria es permanente y ninguna derrota es definitiva. La política tiene una capacidad extraordinaria para castigar la soberbia y premiar la organización. Quizá la verdadera pregunta que deja Coahuila no es si el PRI ha resucitado, sino si Morena está dispuesto a reconocer que la popularidad puede abrir puertas, pero no sustituye el trabajo político de base. Porque cuando un partido deja de analizar sus derrotas y comienza a justificarlas, el problema ya no está en las urnas; está en la incapacidad de entender la realidad.

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